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Francisco empezó como miles lo hacen aun hoy día: como jovencito lleno de
vitalidad desbordante y de alegría asombrosa. Pues Asís también tenía su
juventud: vital y sin preocupaciones. Vivía en un tiempo nuevo, donde surgieron
las ciudades, el comercio, la plata.
Todavía encontramos a esa juventud en nuestras ciudades y a lo largo de nuestras
calles un sábado o un domingo. Lo mismo que en Asís, hace más de ocho siglos.
Escucha, lee y pon atención:
"Francisco es elegido por sus amigos para organizar una gran fiesta.
El corría con los gastos. No sería la primera vez que lo hacía.
Cuando todos estuvieron saciados, salieron y recorrieron cantando por la ciudad.
Los amigos adelante. El era el rey, cetro en mano, cerraba el desfile"
¿Quién no reconoce todo esto?. Sucede también entre nosotros, en nuestro tiempo,
en cada noche, en cada ciudad. La juventud de hoy tiene por cierto sus propios
príncipes: extravagantemente vestidos, cabeza en alto. "bailando en las plazas
de Babilonia", escoltado por un montón de amigos y amigas.
Hoy también ocurre lo que sucedió entonces con Francisco: el corazón del
príncipe está en otra parte. Leemos:
"Francisco, su jefe, cerraba el cortejo, pero sin cantar.
Oía sus canciones, sí, pero ... de repente el Señor lo visitó.
Su corazón se llenó. No pudo moverse ni hablar".
Hoy también hay "jefes" en el cortejo que un día ya no cantan: su corazón no
está presente. ¿Adónde se fue su Alegría?
Nuestra juventud también descubre de vez en cuando su hora de verdad y
reflexión. Entonces despierta y dice: tiene que haber algo más y diferente. Hoy
también hay príncipes tocados por el Señor en plena fiesta. Y más de lo que
imaginamos.
Francisco tiene un corazón noble. Hay algo de caballero en él: un sentido agudo
por todos lo que es humano y sublime y una pasión indomable para luchar por todo
eso. Inmediato y radical. Asís está en pie de guerra. Francisco compra un
caballo y armadura y parte a Perusa. Será noticia. Su noble corazón lo empuja.
Muchas veces hacía cosas insensatas. Simplemente se olvida de sí mismo. Muchas
veces va hasta lo extremo. Rápidamente se conmueve por los ideales de su tiempo:
el escudo de la ciudad o la familia y, sobre todo, su honor personal.
Todavía, ahora, en nuestro tiempo, hay gente así: jóvenes y no tan jóvenes, con
un corazón noble y con un sentido finísimo para los valores de su tiempo:
justicia y paz; solidaridad, desarme, protección del medio ambiente. Nuestro
tiempo está herido de pies a cabeza: hambre, opresión, falta de libertad,
pobreza, globalización, indiferencia, individualismo, explotación,
contaminación, y tantas cosas más. Hacen rebelar su corazón. Ahora también hay
más de un Francisco que quiere pelear contra una u otra Perusa. El Francisco que
odia lo trivial y lucha por la buena causa existe todavía: está en nuestras
escuelas, universidades, barrios y en nuestros propios trabajos. Pero al noble
corazón de Francisco no llega ninguna alegría: el entusiasmo dura sólo un
verano. Llega el otoño. Francisco se desanima. Nada ya le interesa, "ni caballo
ni armadura, ni ciudad que asaltar". Es la hora que llega para todo idealista;
la hora de la depresión. Es el tiempo de la melancolía. Muchas veces también la
hora en que Dios habla. Pero nadie lo nota. Es la hora de la penumbra y
repentina melancolía. Tiene que haber más que sólo valores humano. Y como la
penumbra siempre pasa, también ahora algo tiene que suceder. Así no se puede
seguir: ¿Será esta medialuz el amanecer o la noche que cae?.
¿CÓMO ESCUCHAR LA VOZ DE DIOS, HOY?
Para entender lo que Dios va hablando, es necesario hacer algo, no te puedes
quedar parado. Hacer algo: sólo un paso, más lejos no. Sólo un gesto o sólo un
movimiento. Quizás en sí algo muy banal, pero sí algo que has retenido durante
años, postergado montones de veces. Con Francisco pasó lo mismo: hizo algo que
había pospuesto muchos años. Le era demasiado amargo y fuerte. Y de repente
sucede: besa a un leproso. Tiene sus riesgos, pero lo que más le cuesta es besar
la boca deforme de este pedazo de miseria. Años después escribe en su
testamento:
"De este modo me concedió el Señor a mí,
el hermano Francisco, dar comienzo a mi vida de penitencia.
En efecto, mientras me hallaba en los pecados,
se me hacía muy amargo ver leprosos.
Y el Señor mismo me condujo entre ellos,
y yo practiqué la misericordia con ellos"
Justamente en este paso único está la alegría, quien quiera estar alegre tiene
que hacer algo. Para cada uno de nosotros hay un leproso en el camino. A veces
es Dios.
LA ALEGRIA DE UN SI ESPONTANEO
El beso al leproso siempre lleva más allá, a alguien también vestido de heridas:
el varón doloroso. Quien se abrió algún día a uno de los más pequeños, se pone
cara a cara con el que vive en éstos: Jesús Crucificado. Así se encuentra
Francisco frente a la cruz de San Damian y escucha las palabras:
"Francisco, no ves que mi casa está
en estado ruinoso?... Ve, pues y restáurala".
Estas palabras las entiende literalmente: sube al techo y restaura la capillita
totalmente, piedra por piedra. Y después le toca a otras iglesias, en todas
parte.
Pero Francisco no había entendido bien, las palabras del señor siempre expresan
algo especial: dicen más de lo que oyes en el primer momento. Casi siempre
interpretamos mal lo que Dios nos habla, sin embargo esto también produce un
gozo, que encierra una mezcla de candor, una alegría que se da solamente una
vez... Después viene el tiempo suficiente para crecer y hacerse hombre. Y Dios
se encargará de manifestarse, a su tiempo, y te pedirá cosas mayores, y aquí se
acoplan entonces otras dichas. Pero el gozo del primer SI ya no vuelve. Si hoy
escuchas a Dios, has lo que te dice, como lo comprendes ahora, literalmente y
sin demora, ya que aplazar siempre entristece.